Un portal interdimensional a la magia.

Portales interdimensionales en la vía láctea

Demasiada intensidad en las experiencias vividas a lo largo del día y, cuando la noche comenzaba con su manto oscuro a cubrir la bóveda celeste para invitar al descanso, estando ya en casa de mis amigos y abierto el regalo de la agenda con la réplica del evangelio de Lucas, antes de conciliar el sueño, en mi cabeza comenzaron a agolparse todo ese conjunto de recuerdos de ese 26 de octubre, distintos a todos los anteriores, marcados principalmente por el niño que interpelaba con voz fuerte a su madre, la imagen del Arco Iris de 180 grados y el arco del triunfo.

Se trataba en realidad de una señal fehaciente que ninguno de mis sentidos podía negar y, al mismo tiempo, de una visión que parecía pertenecer a otra dimensión, más de índole arquetípica, en la que la imagen de Noé, el Arca del diluvio y la señal indicada por el cielo como símbolo de esperanza: Un Arco Iris, confluían, haciéndome sentir el protagonismo de esa historia escuchada, por primera vez, muchas décadas atrás en las aulas del colegio.

Sin darme cuenta, se había abierto una especie de línea paralela en el tiempo ante mi única realidad mundana, que me colocaba frente a ese acontecer descrito como mágico en los cuentos de hadas y que tantas noches había cautivado mi imaginación nocturna, de la mano de las lecturas que mi papá me hacía, extraídas del libro del escritor y poeta danés Hans Christian Andersen.

Recordé, igualmente, la tradición nórdica del puente BIFRÖST, que unía los mundos de Midgard y Asgard, entre los hombres y los dioses y sentí que, perteneciendo al primero de ellos, en esa fecha imborrable, podía al mismo tiempo aspirar a ser uno de los segundos.

De pronto, salí de ese estado de abducción en el que me hallaba y supe que el sueño me vencía; no era consciente de cuánto tiempo había pasado entretenido en mis disquisiciones y mi nueva agenda acusaba ya, unas primeras reflexiones escritas de las que no tenía mucha consciencia, además de no haber reparado suficientemente en la dedicatoria escrita por Ana y firmada también por Paco, en la contraportada.

Una nueva senda comenzaba a insinuarse de manera tenue ante mis ojos, venida de la mano de una especie de portal que llamaré interdimensional y al que un niño, a través de su sorpresa y complacencia por la imagen colorida del arco iris, me permitió acceder cómo si de un premio ansiado se tratara.

Trece años habrían de pasar desde ese entonces, para que yo pudiera sentarme a recordar con una especie de hilo de oro y poder escribir al respecto.

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