Al otro lado, en el bardo.

Mi padre partió de este plano, como les expliqué en el mensaje del hilo que une cada acontecimiento, el 26/09/1988. Es decir, hace 32 años y, sin embargo, sólo pude comenzar a comprender ese suceso a partir del 28/10/2006, cuando fui testigo de la visión del arco iris de 180° y recibí el obsequio de la agenda del evangelio de Lucas, de manos de Paco y Ana.

En mi personalidad, su partida ocasionó que se incrementara la herida emocional de abandono, no solo debido a los escasos 23 años que mi identidad ofrecía para ese entonces, sino principalmente porque mi lógica me decía que habíamos compartido poco al haberme faltado su presencia en mi parto.

Desde el día anterior a mi llegada al mundo, mi papá estuvo muy pendiente del parto, tanto porque mi mamá había tenido dificultades para quedar embarazada, hecho que le había representado una serie de pruebas y tratamientos de variada índole, por espacio de 5 años después del matrimonio, como por la certeza médica que, después de dar a luz, ya no podría volver a engendrar.

Adicionalmente, estaba previsto que mi nacimiento se produjera por cesárea en una fecha igual a la que mis padres eligieron para casarse, es decir hacia el 15 de agosto del año 1965, pero el día 3 rompí fuente.

Pero todo comenzó porque los médicos no dejaron ingresar a mi papá a la práctica de la cirugía, aunque para él la espera no fue experimentada en soledad porque estuvo acompañado por quien sería mi madrina de bautismo; no obstante, este evento generaría en lo más profundo de mi psique que lo extrañara desde ese entonces.

Arnulfo Gómez Rueda y Graciela Hurtado de Mazariegos, habían sido los ginecólogos encargados de cuidar el difícil embarazo que tuve -casi milagroso-, por causa de los agresivos miomas en el vientre de mi mamá que, desde un inicio, me hicieron atisbar las dificultades propias de la vida física.

Y todo esto, sin faltar las oraciones de familiares y amigos, así como la promesa explícita de mi mamá a la virgen, en la advocación de la medalla milagrosa, de presentarme ante ella en caso de cumplirse el tan anhelado sueño de mi concepción.

¿Cómo imaginar el marco tan único de circunstancias que me rodearían décadas después, estando hasta ese momento casi oculto en el vientre de mi mamá y, después de una espera de 5 años para ser concebido, como propósito de vida a encarnar?

Lejos estaba de imaginar que la alegría de ese 4 de agosto tan esperado por mi papá, junto a mi mamá que había hecho tanto por verme llegar a este mundo, se vería determinado años después por algo que para ese entonces no podía intuir.

¿Acaso el devenir de cada ser está previsto en algún libro, como los registros que de las personas llevan las notarías y en el que se anotan los hitos vitales, incluido el deceso?

Y, si fuera así, ¿Es en manos de Dios que está la potestad de fijar el tiempo de cada persona?

Lo cierto es que los 23 años de acompañamiento que Carlos Alfredo papá, le pudo brindar a Carlos Alfredo hijo –la marca de su nombre y el del de su padre también la llevé conmigo-, se me hicieron cortos como les decía, no sólo porque le impidieron entrar a la cesárea de mi nacimiento sino porque lo compartido aconteció en medio de viajes, estancias por trabajo en otras ciudades y sus propios sueños de triunfo.

¿En qué lugar se planearían las vidas y cómo saberlo?

Los budistas y su milenaria sabiduría han hablado en tal sentido del bardo, pero sólo fue ese arco iris brillante, el que muchos años después se apareció ante mis ojos, el que me llevaría a este concepto y a los descubrimientos que con él llegaron en forma de portal a un mundo sin fronteras.

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